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Convento de la Ascensión

Convento de la Ascensión

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Pl. De La Constitución, 5, 29532 Mollina, Málaga, España
Iglesia Iglesia de Jesucristo
10 (1 reseñas)

Situado en el centro neurálgico de la localidad de Mollina, el Convento de la Ascensión se erige como un testigo silencioso pero elocuente de la historia de este municipio malagueño. Ubicado estratégicamente en la Plaza de la Constitución, número 5, este edificio no es solo una estructura de ladrillo y cal, sino un punto de convergencia donde el pasado agrícola, la devoción religiosa y la vida cultural contemporánea se entrelazan de manera fascinante. Para el viajero que busca comprender la identidad de los pueblos de la comarca de Antequera, esta parada es obligatoria, ofreciendo una narrativa que va más allá de la simple contemplación arquitectónica.

La historia de este inmueble es tan rica como compleja, marcada por transformaciones que reflejan los cambios sociales de España. Originalmente, no fue concebido como un lugar de oración, sino como un centro de producción agrícola conocido como el "Cortijo de la Ciudad". Su transformación en lo que hoy conocemos comenzó a gestarse en el siglo XVIII, pero fue la figura de Doña Ascensión Granados Blázquez quien selló su destino. Al fallecer en 1914, esta propietaria legó el edificio al Obispado de Málaga, un acto de fe que cambiaría para siempre el uso de la finca, rebautizándola como "Villa Ascensión". Este gesto permitió que, años más tarde, las monjas terciarias franciscanas ocuparan sus estancias, convirtiéndolo en un convento y colegio que educaría a generaciones de mollinatos desde 1917 hasta finales de los años 70.

Desde el punto de vista arquitectónico, el Convento de la Ascensión es una joya del estilo señorial antequerano del siglo XVIII. Lo primero que capta la atención del visitante es su imponente fachada que da a la plaza. Con una longitud de treinta metros y distribuida en tres plantas, esta cara del edificio delata su origen doméstico y civil antes de su consagración religiosa. Sin embargo, el elemento más destacado y fotogénico es, sin duda, su portada lateral. Se trata de un acceso que define el carácter barroco de la construcción: un portón típico de casa de labor enmarcado por una cerca de ladrillo con un arco carpanel. Este conjunto está rítmicamente adornado con pilastras que culminan en pináculos piramidales, creando un movimiento visual mixtilíneo que suaviza la robustez del muro y eleva la estética del conjunto hacia lo espiritual y lo artístico.

Al adentrarse en el recinto, si la ocasión lo permite, el visitante descubre un patio interior que funciona como el corazón del edificio. Este espacio abierto es un remanso de paz que conserva elementos de su vida cotidiana pasada, como un pozo tradicional. No obstante, la pieza que suele robar las miradas es el curioso reloj de sol de mármol, situado en una hornacina. Grabado con la fecha de 1811, este reloj no solo marca la "hora solar verdadera", sino que simboliza la paciencia y el paso inexorable del tiempo que ha visto evolucionar a Mollina desde una economía puramente agraria hasta la modernidad.

Es importante abordar la realidad actual del edificio para no generar falsas expectativas. Aunque su nombre evoca clausura y liturgia, el uso del convento ha cambiado drásticamente. Como bien apuntan algunos visitantes locales, el lugar ha tenido un "pasado oscuro", quizás refiriéndose a épocas de deterioro o a la rigidez de la enseñanza antigua, pero hoy brilla con una luz diferente. En la actualidad, el recinto ha sabido reinventarse como un espacio cultural vibrante. El patio, que antaño escuchaba los rezos de las franciscanas, hoy resuena con la música de conciertos, las voces de obras de teatro y la alegría del cine de verano. Esta reconversión ha sido clave para mantener vivo el edificio, integrándolo activamente en la vida social del pueblo y evitando el destino de abandono que sufren otros patrimonios religiosos.

Para aquellos interesados en el turismo religioso estricto, es fundamental clarificar la situación respecto a las Iglesias y Horarios de Misas en esta ubicación específica. Dado que el Convento de la Ascensión ya no alberga una comunidad religiosa activa ni funciona como parroquia regular, los fieles que deseen asistir a la eucaristía no encontrarán aquí un calendario fijo de celebraciones litúrgicas. Para cumplir con el precepto o buscar momentos de oración comunitaria, se recomienda dirigirse a la vecina Iglesia de Nuestra Señora de la Oliva, situada prácticamente frente al convento. Allí es donde se concentra la vida sacramental de la parroquia, permitiendo al visitante combinar la visita cultural al convento con la vivencia espiritual en el templo principal de la localidad. No obstante, el convento sigue siendo un punto de referencia para entender la historia eclesiástica local, y su proximidad a la iglesia facilita una visita conjunta muy enriquecedora.

Analizando lo positivo del lugar, destaca indudablemente su ubicación privilegiada. Al estar en la Plaza de la Constitución, es accesible y se encuentra rodeado de la vida local, bares y comercios, lo que facilita una parada cómoda. La restauración y el mantenimiento de la fachada barroca son puntos a favor, ofreciendo una estampa preciosa para los amantes de la fotografía y la arquitectura. Además, su uso como contenedor cultural es un gran acierto, permitiendo que tanto residentes como turistas disfruten de su interior en un ambiente festivo y comunitario. La preservación del reloj de sol de 1811 es un detalle exquisito que conecta al observador con la ciencia y la artesanía del siglo XIX.

Por otro lado, existen aspectos que podrían considerarse menos favorables dependiendo del tipo de visitante. La pérdida de la fachada original de la capilla, demolida en los años 80 para construir el Hogar del Jubilado, es una cicatriz en la integridad histórica del conjunto que los puristas del patrimonio podrían lamentar. Asimismo, el hecho de que no esté abierto permanentemente al público como un museo convencional puede dificultar la visita a su interior si no se coincide con un evento programado. La falta de una comunidad monástica activa también resta ese aire de misticismo vivo que algunos buscan en los conventos andaluces. La información turística in situ a veces puede ser escasa, por lo que se recomienda ir documentado previamente sobre su historia para apreciar los detalles que, a simple vista, podrían pasar desapercibidos.

el Convento de la Ascensión en Mollina es un ejemplo de resiliencia arquitectónica. De cortijo a convento, de escuela a centro cultural, sus muros han sabido adaptarse a las necesidades de cada época. Aunque ya no sea el lugar idóneo para consultar Iglesias y Horarios de Misas de forma regular, su valor patrimonial es indiscutible. Es un espacio que invita a reflexionar sobre cómo los edificios históricos pueden tener una segunda vida, sirviendo a la comunidad no desde el aislamiento, sino desde la participación activa. Si tiene la oportunidad de visitar Mollina, deténgase frente a su portada barroca, busque el reloj de sol y, si tiene suerte, disfrute de una velada cultural bajo las estrellas en su patio; estará pisando un suelo con siglos de historias que contar.

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